El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡Cesa, cesa —exclamó la voz de la tumba—, fantasma evocador del averno, espÃritu infernal que vienes a turbar con tus palabras el tranquilo sueño de la muerte!
—Vete, deja que repose en paz en el seno del mármol frÃo que encierra mis cenizas, y no te goces en pintarme las ruinas de los dioses del Olimpo.
La extranjera se puso en pie, lanzó un doloroso suspiro y emprendiendo el camino que conducÃa a Roma, dijo estas palabras:
—Duerme en paz, Appio; pero si tu alma vaga errante por las regiones de lo desconocido en busca de un perdón que no pueden concederte los dioses paganos, dirÃgela hacia Israel, la tierra prometida, donde ha nacido el verdadero Dios, el Salvador del mundo, el MesÃas anunciado por los profetas.
—¿Y qué nombre tiene ese Dios?
—Jesús se llama: Redentor del mundo será.
Entonces oyóse un gemido en el seno de la tumba; la luna ocultó su hermoso disco tras los celajes de una nube de ópalo; la estatua de Esculapio, que adornaba la cúspide de la tumba de Appio Claudio Craso, cayó al suelo rota en pedazos; los mármoles se estremecieron, y la sibila Cumana, inclinada la frente hacia la tierra, apoyando el cuerpo sobre el cayado que le servÃa de sostén, se encaminó a Roma, exclamando: