El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota UN CORAZÓN DE HIENA
Como acontece siempre, a la noche sucedió la luz del alba, y Herodes abandonó la casa de Augusto para emprender su viaje a Jerusalén, seguido de sus esclavos, aunque algo sobresaltado con las últimas palabras del emperador.
El idumeo, astuto y precavido, había solicitado del emperador, alegando su falta de salud, que le obligaba a permanecer sentado la mayor parte del día, que el viaje se hiciera por mar, embarcándose en el Tíber. El Cesar accedió y dispuso que las galeras se hallaran en el embarcadero de Roma. Herodes estaba enfermo; pero en realidad no era esa la causa de querer hacer el viaje por mar.
La acusación de sus hijos Aristóbulo y Filipo, y el complot de Antipatro y Paulo para asesinarle, le habían hecho concebir uno de esos planes feroces que con tanta facilidad se arraigaban en su perverso corazón.
«Mis hijos —se había dicho— me conocen, y durante la travesía por tierra intentarán escaparse, lo que no es muy difícil; pero por mar es otra cosa, pues nadie me impide que los amarre a la proa de la galera, de donde no podrán moverse sin mi voluntad».
