El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡Ah! ¿Conque este niño es el rey de Judá? —la dijo—: pues a éste buscábamos: la sangre derramada podÃa muy bien haberse evitado; y haciendo girar al niño como un molinete sobre su cabeza, lo despidió por el aire con toda su fuerza.
Sus compañeros lanzaron una carcajada horrible y recogieron con sus manos aquel cuerpo que su jefe les enviaba por el aire.
Uno de ellos separó con su espada la tierna cabeza del inocente cuerpo, y se la presentó a su jefe doblando una rodilla en el suelo y diciendo con incalculable cinismo:
—Cingo yo te presento la cabeza de un rey: no te olvides de darme el galardón.
La infeliz mujer no pudo resistir aquel sangriento espectáculo, y cayó de espaldas sin sentido.
Cingo ató la cabeza del niño a un extremo de su manto y salió de la piscina seguido de sus feroces soldados.
Las madres se quedaron solas en aquel sitio de horror y sangre.
Espantadas, llorosas, sin darse cuenta de lo que les acontecÃa permanecieron horas y horas junto a los restos destrozados de sus hijos, como si una mano poderosa les sujetara a pesar suyo, en aquel sitio.