El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO XIV

PRELUDIOS DE LA MUERTE

Cingo era hombre de clara y rápida imaginación para concebir y coordinar los golpes de mano que le encomendaba su señor. Bastáronle algunos minutos para formarse el plan de sorpresa que debía seguir en la ardua comisión que se le confiaba. Llegó a la planta baja del palacio, y cruzando un corredor, entróse en la cuadra destinada a los esclavos.

Una vez allí, eligió cuatro hombres de su confianza, y mandóles que ensillaran sus caballos y que se echaran sobre los hombros el alquicel de los mercaderes árabes, sin olvidar el puñal de Damasco en la cintura.

Hechos los preparativos, esperó impasible que el sol doblara las espaldas de occidente, y entonces, a favor de las tinieblas, salió, seguido de sus satélites, de la ciudad santa. Una vez en el campo, enteró a sus compañeros de la importante comisión que le había confiado el rey; después, con ese silencio peculiar a los asesinos, se encaminaron hacia el sur de Jerusalén en busca de la ciudad de Aín, patria del Bautista.

Cingo, como hemos dicho ya, había calculado el modo de ejecutar su plan. Se había dicho:

—Juan es estimado en más por los israelitas que Jesús; apoderémonos primero de Juan.

En cuanto a Antipatro, el hijo de Herodes, tenía la esperanza de hallarle en Jericó, en casa de la esclava Enoé.


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