El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO XV

LA PROFANACIÓN

El rey se quedó solo, echado en su lecho.

Una lámpara lanzaba sus rayos melancólicos sobre la faz lívida y contraída del enfermo. El semblante del idumeo daba horror. Aquel enfermo, a pesar de su lecho de marfil, sus colchas de Egipto y sus almohadones de Damasco, parecía un viejo asqueroso y repugnante. El remordimiento, en la hora de la muerte, imprime una mancha espantosa en el rostro del criminal.

Cingo, que había permanecido oculto tras los pliegues de una cortina, entró en la sala apenas vio que su señor se hallaba solo. El esclavo, andando de puntillas para no meter ruido, se acercó al lecho. En este momento Herodes tenía los ojos cerrados; parecía un cadáver.

El esclavo le contempló unos instantes. Aquel negro infame, aquel hombre cruel y sanguinario que inmolaba bajo su puñal asesino todas cuantas víctimas le señalaba su amo, parecía conmovido ante el lecho de su dueño. Sus ojos se humedecieron, y un bronco y prolongado suspiro se escapó de entre sus gruesos labios.

El esclavo adoraba a su señor. Su cariño sin límites le hubiera colocado como a un Dios en el altar de Sión; porque para Cingo, el rey Herodes era todo el mundo.


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