El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota DONDE DIMAS EMPEÑA SU HONRA POR PAGAR SU PUÑAL
Entre los salteadores, entre esa gente que arriesga la vida a cada hora y hunde su puñal en el pecho de su prójimo con la misma indiferencia que apura un vaso de vino, entre esa raza de miserables que crece en los presidios y muere en el cadalso, nada es tan digno de admiración, de asombro y hasta de respeto, como el valor personal.
Aquel joven imberbe, casi un niño, les miraba con los ojos serenos y la sonrisa en los labios. Su corazón, su espíritu, se hallaban tranquilos ante las aceradas puntas de los puñales que amenazaban su cabeza, que podían exterminarle. Sólo un hombre extremadamente atrevido y valiente podía haber asaltado aquella mansión de horror que ellos habitaban, teatro de sus vandálicas escenas y espanto de los campesinos samaritanos.
Todas estas reflexiones pasaron indudablemente por las obtusas y salvajes mentes de los bandidos, y sin podérselo explicar sintieron cierta simpatía, cierta admiración hacia el atrevido mancebo que tenían delante desafiando su poder, el cual había con su audacia cautivado sus corazones, encallecidos por una vida de crímenes y de sangre.
