El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LA CLEMENCIA DE HERODES
Al día siguiente, cuando el rey enfermo supo que los revoltosos de Jerusalén se hallaban cargados de cadenas en el hipódromo de Jericó esperando sus órdenes, hizo que le vistieran y le trasladaran en una litera adonde estaban los prisioneros.
Herodes, cruel por naturaleza, sanguinario por placer, quiso gozarse del dolor de aquel puñado de israelitas que habían tenido el atrevimiento de insultar el águila vencedora de los romanos.
Sedoc, Matías y Judas alentaban el desfallecido espíritu de sus discípulos, que, jóvenes y llenos de vida, comenzaban a palidecer ante la muerte que se cernía sobre sus cabezas.
La llegada de Herodes causó una impresión desagradable en los prisioneros. El séquito real se detuvo a pocos pasos del grupo de los rebeldes hebreos, y Cingo descorrió las rojas cortinillas de seda de Tiro que cerraban la litera, para que su señor asomara la cabeza.
—¿Son ésos? —preguntó el rey a su esclavo de un modo despreciativo.
—Ésos —respondió el negro con laconismo.
—No veo a mi hijo.
—Se escapó.
—¡Ah! Se escapó… ¿Sabes que esa palabra me incomoda? Veo con dolor que te vuelves algo torpe en los asuntos más importantes.
