El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LOS CADÁVERES
Dimas siguió el consejo de Uríes. Atravesando los senderos más incultos, llegó al torrente Cedrón a los tres días, y entrando en la ciudad sacerdotal por la puerta Judiciaria, se encaminó hacia el bajo Jerusalén que era donde habitaba el cuchillero.
El confiado artífice se hallaba ocupado en sacarle punta a un puñal, con el pecho inclinado sobre una muela, y bien lejos, por cierto, de imaginar que su deudor viniera a interrumpirle en su trabajo.
—La paz de Dios sea contigo —le dijo Dimas entrando.
El cuchillero levantó la cabeza, sin suspender el balanceo del pie derecho que hacía girar la rueda, y fijó una mirada indiferente en el joven.
—¿No me conoces? —le preguntó Dimas.
—Creo haberte visto en alguna parte.
—Hace quince días, en este mismo sitio, me prestaste un favor, y vengo a pagártelo.
—¡Ah! —exclamó el cuchillero, recordando la escena que ya conocen nuestros lectores.
—Sí, yo soy el joven a quien le vendiste al fiado el cuchillo damasquino cuyo precio era dos siclos.
—Y ahora recuerdo —dijo a su vez el vendedor— que tú me ofreciste…
—Veinte onzas romanas. Aquí las tienes —repuso Dimas sin dejarle acabar.
