El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LAS MANZANAS Y EL NIÑO
Han transcurrido algunos meses desde los últimos acontecimientos que hemos narrado. La enfermedad de Herodes se agrava de día en día. El ilustre enfermo apenas cuenta algunos intervalos de calma, durante los cuales se ocupa en formular su testamento y dar órdenes excéntricas que tienen en alarma a su familia y a los pocos cortesanos que le rodean.
Con asombro de los rabinos y altos dignatarios de Jerusalén y Jericó, el idumeo, cuyo origen plebeyo le atormenta, ha mandado quemar los libros hebreos en donde se consigna la cronología de los príncipes de Israel.
—Por este medio —dice— la posteridad ignorará que mi raza no era tan ilustre como la de David.
En el momento que volvemos a presentarlo en escena, se halla como de costumbre, echado en la cama.
Ptolomeo, sentado junto a una mesa, escribe en unos grandes trozos de papiro las órdenes que le dicta su señor…
—Léeme el último testamento —le dice con apagada voz.
Ptolomeo leyó lo que sigue:
«—Distribuyo mi reino, porque así es mi voluntad, de la manera siguiente: Dejo por sucesor en el reino y corona de Jerusalén a mi hijo Antipas.»
—No… no es eso —gritó el enfermo extendiendo la mano.
