El mĂĄrtir del GĂłlgota

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CAPÍTULO V

DONDE SE PRUEBA QUE EL AMOR DOMESTICA LAS FIERAS

—Eres un servidor leal, Cingo, y quisiera antes de lanzar el Ășltimo soplo de vida, recompensar tus servicios. Dime quĂ© ambicionas, quĂ© es lo que quieres. Pide: estoy pronto a satisfacer tus deseos.

—Sólo anhelo servirte hasta que mueras, y luego partir a África, pues quisiera morir bajo aquel sol que me vio nacer.

—Poco ambicionas.

—Los hijos de la Libia son sobrios, señor; sus caballos, sus armas, su tienda y una mujer que arrulle con sus cantares las calurosas siestas del estĂ­o, es todo lo que ambicionan, todo lo que anhelan.

—Mañana recibirĂĄs una cantidad de oro, en recompensa de tus servicios.

—Gracias, señor; pero no me conducĂ­a a tu cĂĄmara el afĂĄn de la riqueza; vengo de la torre y he visto a tu hijo Antipatro.

—¡Ah! ÂżY quĂ© dice el prisionero? ÂżSe resigna con su suerte?

—La estrechez de su calabozo le ahoga; la libertad es la reina de su pensamiento, la imagen mĂĄs bella de sus ensueños.

—Nunca la obtendrá, mientras yo viva.


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