El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO II

LA AGONÍA DE UN VERDUGO

Mientras tanto, los príncipes y los nobles de Israel se reunían en Jericó, obedeciendo el edicto de su terrible señor, y Ptolomeo, que era el encargado de recibirles, iba conduciéndoles al hipódromo, de donde tenían prohibida la salida hasta nueva orden de Herodes.

Los hebreos, a quienes le barbarie del rey tenía atemorizados, se preguntaban en voz baja la causa de aquella reunión; pero su curiosidad quedaba sin satisfacer, pues era un secreto para todos. Así transcurrieron cuatro días mortales para aquellos afeminados descendientes de Jacob. El valor de los Macabeos se había extinguido en el corazón de los hijos de Israel. Sufrieron el afrentoso yugo que sobre ellos pesaba con las lágrimas en los ojos y el vergonzoso silencio del miedo en los labios.

Más de diez mil judíos se habían reunido en pocos días en el hipódromo. En otro tiempo, ciento sesenta años antes, bastaron ochocientos campeones al valiente Judas Macabeo para combatir con Báquides y Alcino, que marchaban contra Jerusalén al frente de veinte mil soldados. El camino de Gálgalo, los campos de Masalot, presenciaron el fabuloso arrojo del hijo de Matatías.

El hipódromo de Jericó fue testigo del afrentoso miedo de los descendientes de aquellos héroes que vencieron a los seleuciades. A Judas le faltó un Homero para ser el héroe más grande, más fabuloso del mundo.


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