El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO III

¡EL REY HA MUERTO! ¡VIVA EL REY!

Herodes murió al amanecer, y a las doce de aquel mismo día, su hijo Archelao, seguido de los jefes legionarios y todas las dignidades de la corte de su padre, se presentó en el hipódromo.

La guardia pretoriana sabía el regio acontecimiento y había pronunciado en voz baja el grito de: «¡El rey ha muerto!» y esperaban a su nuevo señor para aclamarle y recibir el pago de su sumisión. Los infelices judíos temblaron ante el séquito real. Los soldados romanos, empuñando sus armas, se formaron para saludar a su futuro rey. Los primeros temían una sentencia de muerte; los segundos esperaban un puñado de oro que afianzara más su fidelidad.

Ptolomeo desenrolló con calma un largo pergamino, e indicando con un ademán que guardaran silencio, leyó con voz grave el testamento del difunto rey, en el que se nombraba a su hijo Archelao heredero de su corona, pero expresando que esto sería después que el César Octaviano Augusto, su protector, lo confirmara.

Leída la última voluntad de Herodes, resonó por todo el anfiteatro el grito de: «¡Viva el rey Archelao!»


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