El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota MELODÍA FÚNEBRE
Los aullidos de los perros y las terribles punzadas de las víboras acabaron de despertar al negro, que haciendo un esfuerzo violento como para sacudir el pesado y horrible sueño que le subyugaba, se puso en pie y miró en torno suyo con ojos espantados.
—¿Y Enoé? —se preguntó—. ¿Dónde estará?
Y se llevó ambas manos al rostro para frotarse los ojos, temeroso de no ver bien.
Entonces sintió entre sus dedos un cuerpo extraño que le dio frío, y lo arrojó lejos de sí con repugnancia, lanzando un grito horrible, desesperado, atronador, que fue seguido de otro no menos espantoso que lanzaron los perros, pues una de las víboras había ido a caer sobre la cabeza de uno de ellos, e instantáneamente se había sentido herido por el mortal aguijón.
—¡Las víboras!, ¡las víboras! —exclamó desesperadamente lanzándose fuera de la tienda—. ¿Adónde está Enoé? ¡Miserable mujer!, yo necesito ahogarte entre mis brazos antes que el veneno que circula por mi sangre enfríe mi corazón.
Y Cingo corrió loco, desalentado, hacia el árbol donde había dejado su caballo.
Los perros le seguían detrás ladrando fúnebremente.
