El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO V

EL NIÑO PERDIDO

El desconsuelo de la Madre al tener la certidumbre de que su Hijo se había perdido, fue inmenso. En vano la consolaban sus parientes, haciéndole promesas de recorrer todos la ciudad en su busca. Un mar de lágrimas brotaba de sus hermosos ojos, y aquellas lágrimas no se agotaban, porque su alma pura, inmaculada, comenzaba a ser el perenne manantial de los dolores. Antes que la luz del alba destacara los objetos confundidos por las sombras de la noche, María, acompañada de algunos de su familia, se encaminó hacia Jerusalén con el semblante descompuesto por el llanto y el corazón destrozado por la pena y el dolor.

Aquel camino fue la primera calle de su amargura. Sus delicados pies no sentían el cansancio; heridos, ensangrentados por las punzadoras espinas y las cortantes piedras, no se apercibían del dolor, porque otro más grande, más profundo, destrozaba su alma: su Hijo perdido. Cual tórtola enamorada que busca a sus polluelos de rama en rama, así María, andaba y desandaba el camino, preguntando a todas cuantas mujeres veía por su Hijo amado. Las palabras del Salmista, pronunciadas por su boca, tenían un sentimiento y una amargura indefinibles.


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