El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LA HORA ANUNCIADA
Los años rodaban uno en pos de otro por la pendiente interminable del tiempo. Nazaret dormía a la sombra de sus palmeras, como un ave de paso que descansa de las fatigas de un penoso viaje. Jesús crecía en la modesta casa de sus padres, esperando la hora de la peregrinación. María era feliz viendo a su adorado hijo tranquilo y bondadoso bajo el humilde techo de su hogar.
Jesús, que durante el día se ocupaba en los rudos trabajos de su padre,[25] Jesús, que estaba dotado de una dignidad regia, de un alma elevada y reflexiva, durante las noches, de pie sobre la azotea de su casa, buscaba el descanso contemplando largas horas las altas montañas, los dilatados bosques de Canaan.
«El que vertía a cambiar las creencias del mundo, nada tenía que aprender de los hombres, ha dicho Orsini, y no podía ser más que su propia obra; era un vástago vigoroso, respirando el aire libre por todos los poros y no recibiendo otra humedad que la del rocío del cielo».
Un sábado Jesús se hallaba sentado junto a una cisterna, entretenido en hacer unos pajarillos de barro, cuando acertó a pasar por allí un viejo fariseo, y le dijo:
—Niño, ¿por qué trabajas en día sábado, faltando a la ley de tus mayores?
