El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota UN CONVENIO INFAME
Cuando el sol se hallaba en la mitad de su carrera, los remeros de Antipas alzaron las palas, deteniendo la barca.
Aquellos infelices esclavos se hallaban muertos de fatiga, cubiertos de sudor. Habían estado seis horas remando sin descansar; pero por fin la proa de su barca tocaba las playas apetecidas de Bethsaida. Inmediatamente, olvidando su cansancio, se arrojaron al agua, y pronto la litera se acercó a la popa de la frágil nave para que Antipas y su esclava subieran a ella. Todos saltaron a tierra, excepto seis hombres que se quedaron para custodiar las barcas. La comitiva, llevando la litera de su señor en hombros, cruzó las calles de Bethsaida. Los vecinos se asomaban a sus angostas ventanas, llenos de curiosidad.
Antipas, que tenía en sus venas la podrida sangre de su padre, no concedió ni una hora de descanso a sus esclavos. Los infelices se vieron precisados a comerse andando la ración de torta de maíz y de higos secos, y así cruzaron el espeso bosque de Jabes.
Los soldados invocaban en sus maldiciones a todos los dioses terribles del Olimpo. Eran libres y romanos, tenían al menos ese consuelo; pero a los esclavos sólo les tocaba obedecer y morir de fatiga con la sonrisa en los labios.
