El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO III

EL BAUTISTA

A orillas del Jordán, no lejos de las montañas de Galboe y como a unas cinco millas de Jericó, sobre las mismas riberas del río santo, se alza una ciudad pequeña que ha inmortalizado el Cristianismo. Esta ciudad, que pertenece a la tribu de Rubén, se llama Bethabara.[32] Allí acudían de todas las tribus de Israel a oír la inspirada palabra de un hombre que había pasado su vida en el desierto comiendo miel silvestre y langostas.

Este hombre se llamaba Juan,[33] y no llevaba otro vestido que un saco corto de piel de camello, atado alrededor de la cintura. Su frente, tostada por el sol y el viento de los huracanes, era ancha y despejada como la de Elías; en sus ojos negros brillaba un rayo de luz divina. Su voz, cuando reprendía, era poderosa como el mugido de la tempestad; cuando los consejos brotaban de su boca, dulce como el arrullo de la tórtola.

Juan, siendo aún niño, fue salvado del furor de Herodes por su madre Elizabet. Cuenta la tradición que cuando la madre del Bautista supo la terrible matanza de Belén, huyó con su hijo en brazos. Perseguida por varios soldados, corría por una áspera montaña como la amedrentada corza. De repente observó que el camino se cerraba ante su paso. Se encontraba en un profundo barranco: rocas inaccesibles delante; detrás los infames perseguidores, ya con el cuchillo levantado sobre su cabeza.


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