El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LAS PALABRAS DE UN JUSTO
Los doctores de Jericó, los fariseos de Jerusalén, profesaban un odio profundo al Bautista. Los epítetos de hechicero, embaucador, poseído del espíritu malo, se mezclaban con las diatribas que le dirigían hasta en las mismas sinagogas. Negáronse a recibir las aguas del bautismo y aconsejaban diariamente a Pilato, gobernador de Jerusalén y al tetrarca de Galilea, que se apoderaran de aquel hombre que fomentaba la sedición en el pueblo.
—Si no queréis prenderle —decían—, ponedle una mordaza.
Un temor detuvo por entonces a Antipas: el pueblo, que amaba a Juan como a un profeta; el pueblo, que corría a escuchar sus inspiradas palabras y que le daba el nombre de Mesías Salvador de Israel suplicándole le concediera el bautismo.
Juan supo, con indignación, el infame libertinaje de la adúltera Herodías.
Filipo había querido recobrar a su culpable esposa, pero Antipas colocó sus lanzas mercenarias en el torrente de Jeboc, y los soldados de Filipo, menos en número y en ardimiento, no se atrevieron a pasar los últimos límites del desierto de Manaim.
