El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Otro fantasma apareció en el espacio, arrastrando su largo sudario por la tierra, y con la mirada fija en un punto lejano que resplandecía como el mar bañado por la luna. Aquel fantasma era Japhet; detrás seguíale Europa; Italia fue desplegando el hermoso panorama de su suelo comprendido entre el Adriático y el mar Tirreno; Mantua, con su lago resplandeciente; Nápoles, con su radioso golfo; Pompeya, la víctima del Vesubio; Cures, patria de Numa Pompilio; Roma, señora del mundo, reina del arte, recostada sobre el Tíber; Caudión, la de las Horcas Caudinas; Cretona, la de los hombres forzudos, y cien y cien más que pasaron coronadas de gloria, resplandecientes de hermosura, impregnadas de perfumes, ante la dolorosa mirada de Jesús. El arcángel, con el brazo extendido y la sonrisa en los labios, hacía girar el mundo.
Ciudades, ríos, mares y lagos pasaban rápidamente atropellándose unos a los otros.