El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota UN GOLPE EN VAGO
—¿Conque tú aseguras, amigo Uríes, que la caravana egipcia, a pesar de su aspecto pordiosero y miserable, conduce un tesoro? —preguntó Dimas a uno de los bandidos que caminaba a su lado.
—Su cargamento es trigo fecundizado con las aguas del Nilo, pero en los sacos de cereales se ocultan dos cajitas construidas en Alejandría, las cuales encierran un tesoro. La una viene repleta de polvo de oro fino, la otra de piedras preciosas, y ambas están destinadas al César. Sus conductores ignoran que entre el rubio grano que transportan se oculta una fortuna. El cargamento va consignado a un rico comerciante de Cesárea, en cuyo puerto se halla anclado un navío romano que debe transportarlo a la ciudad de los cónsules.
—Bueno ha de ser el botín para que mis lobos montañeses no te maldigan por haberles hecho abandonar su madriguera en una noche como esta. Pero, ¡por Dios vivo!, que me admira que tan precioso tesoro no sea escoltado por gente armada.
—Los negociantes egipcios son recelosos, odian a los romanos, y temen ser despojados en la travesía por los mismos a quienes confían, mediante un salario, la custodia de sus caravanas.
—Pero, ¿no te habrás engañado?
—Sólo Dios es infalible. Pero, sin embargo, auguro un éxito feliz.
