El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Esto repetÃa Jesús con dulce acento. Sublime doctrina, digna solamente de un Dios que descendió del paraÃso a derramar su sangre por el hombre y hacer de la raza humana una familia. Todos hijos de Dios, todos hermanos: he ahà una frase que encierra ella sola un poema de indefinible ternura, de inagotable amor. Jesús, después de instruir a sus discÃpulos entró humildemente en la ciudad de Cafarnaum, donde curó al criado del centurión romano. Cristo, incansable en el desempeño de su misión sublime, buscaba con tierna solicitud a los desgraciados para llorar con ellos. La viuda de Nhaim ve levantarse el cadáver de su adorado hijo.
La mano de Jesús habÃa tocado el féretro y su voz habÃa dicho: «Levántate».
—¡Dios visita a su pueblo! —exclamó la muchedumbre, absorta ante tan prodigioso milagro.
—¡Un gran Profeta se ha levantado entre nosotros! —exclamaron los discÃpulos en voz baja.
La fama de este milagro corrió hasta el último confÃn de Judea. El Bautista escuchó en su calabozo el asombroso acontecimiento que preocupaba el ánimo de los israelitas. Juan mandó a dos de sus discÃpulos en busca del MesÃas.
«—¿Eres Tú el que ha de venir, o esperamos a otro?» —le preguntaron.
El Nazareno les contestó: