El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Sus rayos abrasadores caían perpendicularmente sobre la tierra. Jesús se sintió fatigado. La ciudad de Sichem distaba como un cuarto de hora del sitio en que se encontraba. Era esta la heredad que Job había dado a José, comprada a los hijos de Hemer por cien corderos. Cerca de esta heredad había un pozo[48] donde acudían las mujeres de Sichem por agua. Los discípulos se encaminaron a la ciudad en busca de víveres. Jesús se quedó solo. Un pensamiento profundo se veía germinar otra vez en aquella frente divina. Sus grandes ojos garzos, fijos en el hueco profundo del pozo, parecían leer sobre la transparente y clara superficie del manantial algún misterio. De pronto se estremeció. Su noble cabeza se elevó como la copa de la gallarda palmera después del último soplo del huracán. Dirigió una mirada llena de perdón y de bondad hacia Sichem, por donde avanzaba en dirección a la fuente una mujer con un ánfora de barro sobre la cabeza y una larga cuerda de esparto enrollada por la esbelta cintura y el brazo izquierdo. Aquella mujer era joven: tendría unos veinticuatro años. Sus ojos resplandecían con el fuego voluptuoso del amor. Sus labios, gruesos y nacarados, respiraban sensualidad, pasión. Sus mejillas, morenas como las de la Sulamita, mórbidas como las de Abigail, ostentaban la salud, descubrían que aquella mujer encerraba un corazón hambriento de placeres.