El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LA SAMARITANA[51]
Algunos días después, la mujer de Sichem, a quien había hablado Jesús en el pozo de Jacob, estaba sentada en su casa y lloraba. La voz poderosa, triste, severa y a la par consoladora que le había dicho: «¡Oh! ¡Si tú conocieras el don de Dios!…» Aquella voz resonaba sin cesar en sus oídos y retraía su corazón de sus largos extravíos.
Sueños de inocencia desvanecida, secretos arrepentimientos no confesados aún de ella misma, turbaban su espíritu.
Repasaba en su imaginación los días que se habían deslizado entre la febril embriaguez de las pasiones y el rubor coloreaba por un momento su faz, que pronto palidecía de nuevo con la amargura de sus recuerdos.
Su intranquila alma, por tanto tiempo llena de sentimientos tumultuosos, volvíase a pesar suyo hacia lo que tanto amaba, porque la gracia le había sorprendido en medio de una afección profunda y más ardiente que cuantas hasta entonces le habían agitado; y su corazón palpitaba todavía bajo el peso de los nuevos pensamientos que germinaban en su pecho, junto a los que no la habían del todo abandonado, y su alma gemía en la turbación y en la angustia.
