El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota PAX HUIC DOMUI
Jesús, mientras tanto, continuaba su divina peregrinación. Sus palabras eran la luz que disipaba las tinieblas. La fama de sus milagros le salía al encuentro por todas partes. Ancianos, mujeres, mozos y niños corrían a encontrarle, hambrientos de oír su nueva ley, y la infinita misericordia del futuro Mártir caía sobre los desgraciados como el rocío matinal sobre los campos.
Las riberas del mar de Tiberíades, las calles de Cafarnaum, los pintorescos valles de Zabulón, la florida tribu de Aser y la fiel Galilea, fueron las predilectas de su corazón. Las costas de Fenicia, Tiro, Sidón y otras infinitas ciudades, presenciaron con asombro los milagros del Divino Maestro y oyeron las santas doctrinas del Mesías anunciado por los profetas.
—Corramos —se decían los leprosos—, pues con sólo que su divina mirada nos bañe con su luz quedaremos limpios.
Y corrían y le encontraban y su fe les dejaba limpios.
—Ved, por allá pasa —decían los tullidos—. Si logramos alcanzarle, si nuestras impuras bocas tienen la dicha de besar el extremo de su santa túnica, nuestros miembros volverán a adquirir la perdida fuerza.
Y sufriendo mil fatigas, arrastrándose por el suelo, llegaban adonde estaba el pastor de las almas y le decían:
