El mártir del Gólgota

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El consejo escuchó con profundo asombro las palabras de Nicodemus. La admiración de los doctores fue grande, viendo la defensa que de Jesús hacía uno de los suyos, reputado entre ellos por un sabio. Nicodemus, viendo que nadie le respondía, continuó:

—Sabios rabinos, ¿por ventura nuestra ley juzga a un hombre sin haberle oído primero y sin informarse de lo que ha hecho?

Anás, entonces, indignado, ciego por la ira, alzóse de su asiento y, extendiendo el puño cerrado hacia Nicodemus, le dijo con voz atronadora:

—¿Eres tú también galileo? Escudriña las Escrituras y entiende que de Galilea no se levantó jamás profeta.[55]

Nicodemus alzó su frente, mirando al mismo tiempo con dolorosa compasión la cólera de Anás, que acababa de arrojarle al rostro un insulto en vez de una respuesta. Llamar galileo a un fariseo era un gran agravio. Nicodemus, a pesar de aquel agravio, no se inmutó.

—Anás —le dijo—, acabas de arrojarme al rostro una grosera ignorancia; pero te perdono y te ruego que estudies nuestras Escrituras, para que aprendas, si no lo sabes, que Nahum y Josías son reconocidos en nuestra ley como profetas y nacieron en Galilea.


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