El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota HIJO DEL TRUENO
Magdalena, al quedarse sola, se encaminaba a la sala del baño, seguida de su doncella favorita, riéndose como una loca de las esperanzas de sus amantes. Al salir del baño se perfumaba el cabello con esencia de romero, y vistiéndose con lujo deslumbrador, se trasladaba a un pequeño camarín, en donde por todas partes resplandecía el lujo de los griegos, en aquel camarín había una pequeña mesa de mármol servida para cenar. Una lámpara egipcia en forma de esfinge, colocada al extremo de su pie, de tres codos de alto, alumbraba la habitación. Cómodos divanes de seda azul rodeaban las paredes. Un lecho de marfil y ébano cubierto de un conopeo[59] egipcio, servía de pabellón a los mullidos almohadones de seda de color de granado.
Este camarín tenía una ventana que daba al campo. La luna penetraba por ella, a tiempo que los perfumes embriagadores que exhalaban los pebeteros salían a su encuentro. Magdalena, reclinada voluptuosamente en su mullida cama, con la mirada fija en las ensambladuras del artesonado techo, parecía esperar algo. Sin embargo, en aquel rostro encantador no se revelaba la impaciencia. Así transcurrieron dos horas. La doncella, inmóvil junto a la ventana; Magdalena recostada en su lecho. Por fin se oyó ruido de pasos que se detenían en la calle. Luego, en lo alto del castillo, una voz que dijo:
—Guardad las flechas.
