El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—La gente murmura, Magdalena… y la calumnia pronuncia el nombre de tu amante favorito: ese nombre es el mío.

—Tú sabes que eso no es cierto.

—La esperanza de realizar mis sueños de amor me dan fuerza para esperar.

—Espera, pues.

Boanerges exhaló un suspiro doloroso, e inclinando la frente al suelo, quedóse inmóvil como una roca.

Magdalena llamó a su doncella, y apoyada en su brazo, se encaminó al pequeño dormitorio, donde se hallaba el mullido y elegante lecho cubierto por un conopeo egipcio. Se inclinó sobre la cama. Su doncella sentóse a sus pies en un almohadón.

—Boanerges —dijo Magdalena—, la estrella matutina no tardará mucho en aparecer por oriente. Es tarde: el sueño me rinde; cumple con lo pactado; tómate la recompensa ofrecida y vete. Tu pobre madre estará impaciente.

Entonces Magdalena cerró los ojos y se dispuso a dormir. Boanerges desató la flauta de metal que colgaba del cinturón, y empezó a tocar una melodía dulce y sentida como el arrullo de la tórtola enamorada. Mientras el nocturno cantor tocaba, la doncella tenía la mirada fija en el rostro de Magdalena. Por fin alzó la mano, indicando al músico que cesara y le dijo con voz muy baja:


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