El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota ¡LÁZARO, VEN A MÍ!
Multitud de gente se agrupaba a la puerta de una casa de Bethania, ansiosa de ver el cadáver de un hombre justo y honrado que acababa de morir.
Nunca el mendigo había llegado a implorar una limosna delante de aquella puerta sin que una mano le socorriese. El sediento encontraba el agua con que matar la sed devoradora. El hambriento el pan codiciado. El Dios-Hombre, el Maestro Divino que recorría las tierras de Israel, muchas veces hospedábase bajo el techo de aquella casa caritativa. El pueblo de Bethania adoraba a su honrado dueño. Pero Lázaro había muerto, y el pueblo lloraba la sensible pérdida.
La gente esperaba junto a la puerta para ver pasar el cadáver del bienhechor del pueblo, del amigo del Mesías; pues en aquella hora debía ser enterrado en el mismo jardín, en el sepulcro de piedra construido por sus mayores.
En el interior de la casa oíase el prolongado lamento de las plañideras de oficio y el melodioso y triste preludio de las flautas fúnebres.
