Enquiridion
Enquiridion Así, pues, es imposible que quien se cree herido por alguien sienta también simpatía por quien le hirió, del mismo modo en que es imposible que se alegre por la herida misma. De allí también que, a veces el hijo maldice al padre cuando éste no le imparte lo necesario para su bien y el imaginar que el Imperio es un bien fue lo que causó la enemistad entre Polinices y Eteocles[2]. Por ello, también, es que el esposo, el marinero, el comerciante y todos los que pierden mujer e hijos maldicen a los dioses. Porque allí en dónde está el interés también está la piedad[3]. De modo que, quien regula con cuidado sus deseos y sus aversiones como corresponde, por el mismo principio también se preocupa por ser piadoso. Pues cada uno tiene la obligación de honrar a los dioses conforme a las costumbres de su país, con pureza, sin descuido, sin negligencia, sin mezquindad y sin reticencia.