Manual de vida
Manual de vida Digno como Prisco Helvidio
Eso mismo vio Prisco Helvidio y obró de acuerdo con lo que veía. Cuando Vespasiano le transmitió la orden de que no acudiera al Senado respondió: «Está en tu mano el no permitirme ser senador, pero mientras lo sea, debo ir».
—¡Bien! Pero si vas —le dijo—, calla.
—No me preguntes y callaré.
—¡Pero tengo que preguntarte!
—Y yo que decir lo que me parece justo.
—Si dices algo, te mataré.
—¿Cuándo te he dicho que yo sea inmortal? Tú haz tu papel y yo haré el mío. El tuyo es matarme y el mío morir sin temblar. El tuyo, exiliarme; el mío, partir sin entristecerme.
¿De qué le sirvió a Prisco ser único? ¿De qué sirve la púrpura a la toga? ¿Hace más que brillar como púrpura y destacarse como hermoso ejemplo para el resto? Otro, al decirle el César en una circunstancia semejante que no acudiera al Senado, hubiera dicho: «Te agradezco que me lo evites». Pero a alguien así no le habría impedido asistir, sino que habría sabido que o se sentaría allí como un pasmarote o, de hablar, habría dicho lo que sabía que el César quería e incluso habría exagerado.