Fábulas
Fábulas Por eso desde entonces la gaviota revolotea siempre al acecho en las orillas para ver si el mar arroja en alguna playa su cobre; el murciélago, huyendo de sus acreedores, sólo sale de noche para alimentarse; y el espino, en fin, apresa la ropa de los viajeros tratando de reconocer sus telas.
Un hijo pródigo, habiendo derrochado su patrimonio, sólo le quedaba un manto.
De repente vio a una golondrina que se había adelantado a la estación.
Creyendo que ya llegaba la primavera, y que por lo tanto no necesitaría más del manto, fue también a venderlo. Pero regresó el mal tiempo y el aire se puso más frío.
Entonces, mientras se paseaba, halló a la golondrina muerta de frío.
— ¡Desgraciada! - le dijo - nos has dañado a los dos al mismo tiempo.
Una golondrina que retornaba de su largo viaje, se encontraba feliz de convivir de nuevo entre los hombres.