Las Coéforas

Las Coéforas

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CORO. Enviada de palacio he venido, trayendo libaciones, con agudos golpes de manos. Sangrientas incisiones muestra mi mejilla por el surco reciente que ha abierto la uña, pues mi corazón se alimenta continuamente de gemidos. Los crujientes jirones de mis vestidos de lino han resonado, por causa de mis dolores, en el velo que cubre mi pecho, y estoy abatida por tristes desgracias. Clamoroso y espeluznante llega el Terror, como vidente de los sueños, en el corazón de la noche, respirando venganza y sacudiendo el sueño; desde el fondo de la casa he hecho resonar estridente un grito de espanto, cayendo pesadamente sobre las habitaciones de las mujeres. Los intérpretes de sueños, que tienen a los dioses por garantes, han proclamado que, bajo tierra, los muertos se quejan airadamente y se irritan contra sus asesinos. Deseando que este homenaje -inútil homenaje- aleje de ella los males, oh madre Tierra, me envía la mujer maldita. Tengo miedo de preferir estas palabras, pues ¿qué rescate hay de la sangre vertida por el suelo? ¡Oh miserable hogar! ¡Oh palacio aniquilado! Sin sol, odiosas a los mortales, las tinieblas envuelven las mansiones por la muerte de sus señores. La majestad de antaño, invencible, indestructible, inatacable, que penetraba los oídos y el corazón del pueblo, ya no existe. Todos temen. Triunfar: éste es entre los hombres un dios y más que un dios. Mas, el peso de la justicia alcanza rápida a unos en pleno día; para otros reserva penas tardías en la hora del crepúsculo; y a otros los coge una noche sin fin. Así como la sangre bebida por la madre Tierra no desaparece, sino que se coagula en grumos que esperan venganza, así una cruel Ate soporta al culpable hasta cubrirlo con una abundancia de males. No hay remedio para el que ha hollado la habitación de una virgen, y así, aunque todos los ríos confluyeran en uno para purificar la sangre de la mano impura, lavarían en vano. En cuanto a mí -ya que los dioses me han obligado a compartir la desgracia que envuelve a mi patria, y que de la casa paterna me han traído aquí para un destino servil- debo, a pesar mío, obedecer las órdenes justas o injustas de mis dueños y dominar el odio que roe mi corazón. Debajo de mis velos lloro el miserable destino de mi señor, helado mi corazón por secretos dolores.


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