Las suplicantes

Las suplicantes

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CORIFEO. Sobre mi indumentaria no has mentido. Pero ¿a quién hablo yo? ¿A un ciudadano? ¿Quizá a un custodio con su sacra vara? ¿O al que de esta ciudad es el caudillo?

REY. Puedes hablar con toda confianza sobre esto, y preguntar: Yo soy Pelasgo, retoño de Palecton, que brotara un día de la Tierra. Y soy monarca de este país. De mí, su rey, el nombre tomó el pueblo pelasgo, el que cosecha los frutos de esta tierra. Las regiones que el sagrado Estrimón recorre enteras del lado de Occidente yo gobierno. En mi dominio incluyo el territorio de los perrebos, y, del Pindó allende, junto al pueblo peonio, las montañas de Dodona; y el límite se extiende hasta el sagrado mar: este es mi reino. Esta tierra, de antiguo, ha recibido el nombre de Apis, en recuerdo eterno de un héroe sanador. Un día, Apis, médico-sacerdote, hijo de Apolo, llegó hasta aquí, viniendo de Naupacto, y el país liberó de aquellos monstruos homicidas, que, un día, por la sangre vertida antiguamente, mancillada, en su furor hizo brotar la Tierra, hostil colonia, nido de serpientes.

Apis, de un modo irreprochable, entonces, remedios encontró para esta tierra de Argos, cortantes y liberadores; a cambio, en nuestras preces lo mentamos.

(Pausa).


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