Los Persas
Los Persas REINA. Por ello abandonando mi dorado palacio y el tálamo que un dÃa compartà con DarÃo, aquà he venido. Que a mà también me roe el alma la angustia —revelarlo quiero a vosotros todo— porque yo, amigos mÃos, tampoco estoy sin miedo de que esa gran riqueza cubra de polvo el suelo y de una coz derribe la dicha que DarÃo logró instaurar un dÃa no sin divina ayuda. Por ello aquÃ, en mi pecho, doble angustia, indecible, anida, sÃ. ¿Acaso una montaña de riquezas privada de sus amos es digna de respeto? ¿Para aquel que no tiene riquezas la luz brilla condigna con su fuerza? SÃ, intacto está el tesoro; el temor que yo abrigo al amo se refiere. Que el ojo de una casa, yo creo, es la presencia del dueño. Asà las cosas, venid a aconsejarme, persas que desde antiguo tan fieles me habéis sido. Que en vosotros yo baso mis buenas decisiones.
CORIFEO. Debes saberlo, reina de esta tierra, dos veces no has de pedirme nada, ni palabras, ni actos, en los cuales mis fuerzas puedan servir de ayuda, pues que pides consejo a quien te tiene afecto.