El varón domado
El varón domado Durante siglos, se ha repetido la idea de que la mujer es la víctima histórica del varón. Pero esa narrativa no resiste el análisis práctico. La mujer ha tenido siempre el poder de elegir entre dos caminos: trabajar como el hombre o vivir de él. Y casi todas eligen lo segundo. No por imposición, sino por conveniencia. El trabajo duro, el riesgo, la competencia... todo eso lo asume el varón sin que ella lo impida, sin que intente tomar su lugar. Se le han ofrecido derechos, acceso, oportunidades. Las toma solo si no pierde comodidad. No exige igualdad si eso implica esfuerzo. Prefiere seguir siendo protegida, sostenida, servida. Y cuando se le propone igualdad real —con todas sus cargas— la rechaza. En el fondo, no quiere igualdad, quiere privilegios sin responsabilidad. La opresión masculina es útil como discurso: abre puertas, genera beneficios, provoca culpa en el varón. Pero en la práctica, la mujer es libre de elegir... y elige no luchar. No se rebela, no se arriesga, no sacrifica. Porque ya tiene el poder: el poder de no hacer, de no cargar, de no rendir cuentas. Mientras el hombre cree que la libera, ella disfruta de su jaula dorada.
