El varón domado
El varón domado La mujer tiene el privilegio de elegir cómo vivir. Puede estudiar, trabajar, competir, ganar dinero… o no hacerlo. Puede optar por la independencia o por la dependencia, y en ambos casos será protegida. Esa posibilidad de elección, esa libertad absoluta, es su verdadero poder. El varón, en cambio, no tiene opción: debe producir. Si no lo hace, es descartado. No hay espacio para el hombre que no aporta. Pero la mujer puede decidir ser un adorno, una acompañante, una figura decorativa sostenida por el esfuerzo ajeno. Lo hace no por ignorancia ni incapacidad, sino porque le conviene. Sabe que el sistema funciona a su favor. Sabe que puede obtener más siendo deseable que siendo competente. No busca igualdad porque la igualdad exige esfuerzo, y ella ya tiene poder sin necesidad de competir. Por eso, cada vez que se le ofrece igualdad real —con sus cargas, deberes y riesgos— la rechaza o la reinterpreta. La mujer no busca ser igual al hombre: busca mantener los privilegios que obtiene sin trabajar como él. No quiere pagar el precio del poder. Quiere disfrutarlo sin desgaste. Y lo más eficaz de todo es que el varón, creyéndose su salvador, sigue entregándole el mundo con tal de verla feliz.
FIN de El varón domado
