El varón domado
El varón domado La tragedia del varón no es su esclavitud, sino que no quiere liberarse. Su identidad está tan entrelazada con su rol de proveedor que imaginar otra vida le resulta aterrador. La idea de dejar de servir, de no tener a quién sostener, le provoca vértigo. No lucha por ser libre, lucha por seguir siendo útil. Ha sido amaestrado como un animal de circo: repite sus rutinas laborales y sociales esperando la palmada, la sonrisa, el elogio de su domadora. No sospecha que su rendimiento no es admirado, sino aprovechado. Si pierde su empleo, su pareja, su función, se desmorona. Cree que eso es fracasar. El éxito se mide en cuánto produce para otros, no en cuánto disfruta para sí. Y aún peor: cuando el sistema lo abandona, cuando ya no sirve, no reclama justicia. Se culpa. Cree que su inutilidad lo deshumaniza. El placer de la libertad no le interesa: prefiere la cárcel con sentido antes que la libertad con vacío. Por eso trabaja sin tregua, se esfuerza sin pausa y envejece sin descanso, sin preguntarse nunca si eso que hace es lo que quiere. Porque no sabe qué quiere. Solo sabe cumplir.
