El varón domado
El varón domado El varón no viste para seducir, sino para rendir. Su ropa no decora, facilita. El traje, el reloj, los zapatos resistentes no buscan belleza, buscan eficiencia. Cada prenda cumple un propósito: aguantar el día, parecer serio, inspirar confianza, no distraer. No hay adornos, no hay colores vivos, no hay intención de agradar estéticamente. La estética masculina es uniforme, repetitiva, casi invisible. El cabello se corta para no molestar. La barba se afeita por comodidad, no por coquetería. Las uñas se mantienen cortas para no estorbar. Todo en él grita: “Estoy listo para trabajar”. Su cuerpo no es un lienzo, es una herramienta. A diferencia de la mujer, que embellece su apariencia para competir entre otras mujeres, el hombre se uniforma para ser útil, para ser elegido por su capacidad, no por su imagen. No hay espacio para la vanidad: el varón funcional no puede perder tiempo eligiendo corbatas. Si lo hace, es porque otra mujer lo hace por él. Su aspecto es tan neutro como su rol: está diseñado para servir sin llamar la atención. Porque si resalta, distrae; y si distrae, no produce.
