Las Troyanas

Las Troyanas

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POSEIDÓN: Primero deseo conocer tu voluntad, y si has venido para favorecer a los griegos o a los troyanos.

ATENEA: Anhelo ahora llenar de júbilo a los troyanos, mis anteriores enemigos, y que sea infortunada la vuelta del ejército aqueo.

POSEIDÓN: ¿Cómo cambias así de parecer, y odias y amas con pasión, dejándote llevar del viento de la fortuna?

ATENEA: ¿No tienes noticia del insulto que han hecho a mi divinidad y a mi templo?

POSEIDÓN: Sí, cuando Áyax arrastraba por fuerza a Casandra fuera del lugar sagrado.

ATENEA: Por eso quiero afligirlos.

POSEIDÓN: Dispuesto estoy a complacerte, pero ¿cuál es tu propósito?

ATENEA: Deseo que sea infortunada su vuelta.

POSEIDÓN: ¿Que sufran desdichas mientras permanecen en tierra o cuando entren en salado mar?

ATENEA: Haz tú lo que puedas: que graves borrascas retiemblen en el mar, que revuelvan sus ondas saladas y se llene de cadáveres. Así respetarán los aqueos mis templos y venerarán a los demás dioses.

POSEIDÓN: No hablemos ya más, que no es necesario. Haré lo que anhelas, removeré el mar y lo llenaré de cadáveres. Necio es cualquier mortal que conquista una ciudad y abandona sus templos y sepulcros, sagrado asilo de los muertos. Inevitable es su ruina.


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