Tragedias griegas

Tragedias griegas

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ADMETO.— ¡Oh largos duelos! ¡Oh dolores proporcionados por los amigos que yacen bajo tierra! ¿Por qué me has impedido arrojarme, por lo menos, a la fosa abierta donde está ella sepultada, a fin de tenderme muerto junto a la mejor de las mujeres? [900] En vez de una sola alma, Edes hubiera recibido dos almas fieles atravesando juntas el pantano subterráneo.

EL CORO.—

Estrofa II: Tenía yo un pariente próximo cuyo único hijo, digno de ser llorado, murió en las moradas; sin embargo, aquél soportó esta desventura con moderación, aunque se quedó privado de hijos y ya tenía blancos los cabellos [910] y estaba encorvado por la edad.

ADMETO.— ¡Oh figura de mi casa[52]! ¿Cómo franquearé tu entrada? ¿Cómo habitar en ellas después de estos reveses de fortuna? ¡Ay de mí! Grande es la diferencia[53], en efecto. Entré entonces con las antorchas pelianas, al son de cánticos nupciales y llevando de la mano a mi querida mujer. Una muchedumbre de amigos nos seguía ruidosamente a esta muerta y a mí, proclamándonos dichosos, [920] porque éramos Eupatridas uno y otro, esposos y descendientes de noble raza. ¡Y ahora todo son lamentos en lugar de cantos nupciales, y en lugar de peplos blancos son negras vestiduras las que me acompañan al lecho desierto de la cámara nupcial!

EL CORO.—


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