Tragedias griegas
Tragedias griegas EL CORO.— Jasón, muy bien has adornado tu discurso; pero, en contra de tu opinión, he de decirte que me parece obraste injustamente con tu mujer traicionada.
MEDEA.— (Como hablando consigo misma). Ciertamente, disiento de la mayorÃa de los mortales. [580] A mi entender, cuando alguien hábil para hablar es injusto, se hace digno del mayor castigo[88]; porque, adornando su iniquidad con su palabra, se atreverá a todas las perfidias y será poco cuerdo. (Dirigiéndose a Jasón). No pronuncies, pues, ante mà frases especiosas, ni hables con habilidad. Te confundirá una sola palabra: si no meditabas un mal, debiste convencerme antes de llevará cabo esas bodas, y no ocultarte de tus amigos.
JASÓN.— ¡Sin duda me habrÃas ayudado admirablemente si te hubiese declarado yo mis bodas, [590] cuando ahora no puedes reprimir la violenta irritación de tu alma!
MEDEA.— No te preocupaba eso; más bien has pensado que tu matrimonio con una mujer bárbara no té proporcionarÃa una vejez gloriosa.
JASÓN.— Has de saber que no era por la posesión de una mujer por lo que yo querÃa el matrimonio real que he contraÃdo ahora, sino, como ya te he dicho, por proteger y engendrar, para mis hijos, hermanos de raza real que fuesen sostén de mi familia.