Tragedias griegas
Tragedias griegas HERALDO[128].— Piensas quizá que es hermoso el sitio en que te has sentado y que has llegado a una ciudad aliada, porque desvarías. Pues no hay quien vaya a preferir tu poder inútil a cambio del de Euristeo. ¡Vete de ahí! ¿Por qué te tomas esas fatigas? Es preciso que tú te levantes para dirigirte [60] a Argos, donde te aguarda la pena de lapidación.
YOLAO.— No por cierto, pues me defenderá el altar del dios, y la tierra libre que estoy pisando.
HERALDO.— ¿Quieres añadirle trabajo a esta mano mía?
YOLAO.— Ni a mí ni a éstos nos llevarás y no trates de cogernos a la fuerza.
[65] HERALDO.— Lo vas a ver tú. No eres un buen adivino al respecto.
YOLAO.— Jamás podrá suceder eso mientras yo viva.
HERALDO.— Levanta. Yo a éstos, aunque tú no quieras, me los llevaré por considerarlos de quien precisamente son, de Euristeo.
YOLAO.— ¡Oh vosotros que habitáis Atenas desde hace largo tiempo! ¡Defendednos! [70] A pesar de que somos suplicantes de Zeus, protector del ágora, se nos hace violencia y pisotean nuestras diademas[129] ¡Ultraje para la ciudad y deshonra hacia los dioses!
PÁRODO (73-119).