Tragedias griegas
Tragedias griegas DEMOFONTE.— Ha llegado el ejército argivo y su señor Euristeo. [390] Yo mismo lo he visto. Pues es necesario que un hombre que afirma que sabe conducir perfectamente un ejército no observe a los enemigos mediante mensajeros. Ahora bien, todavía no ha lanzado el ejército hacia esta llanura del país, sino que, sentado en una altura rocosa, observa [395] —esto te lo digo ya como opinión— por dónde introducirá su ejército sin lucha[141] y lo asentará con seguridad en esta tierra. Y, sin embargo, también lo mío está ya dispuesto de forma conveniente. La ciudad en armas; [400] las víctimas están en pie, preparadas para los dioses a quienes sea preciso degollarlas; la ciudad por mano de los adivinos hace sacrificios: trofeos sobre los enemigos y medios de salvación para la ciudad; tras reunir en un solo punto todos los cantores de oráculos, los he comprobado, y también las antiguas respuestas de los oráculos, tanto las profanas como las ocultas, [405] medios de salvación para este país. Muchas son las diferencias de las profecías restantes, mas de entre todas destaca una sola e idéntica opinión. Mandan que yo degüelle en honor de Core[142], hija de Deméter, [410] una doncella que sea hija de padre de buen origen. Yo tengo, como ves, un afán muy grande hacia vosotros, pero no voy a matar a mi hija ni obligaré a ningún otro de mis ciudadanos a pesar suyo. Pues, ¿quién, de propia voluntad, razona tan mal que entregue de sus manos a sus hijos muy queridos? [415] Ya, ahora, pueden verse amargas reuniones, diciendo unos que era justo defender a los extranjeros suplicantes, pero acusándome otros de locura. Si, además, hago eso, se suscitaría una guerra intestina. [420] Pues bien, mira tú eso y descubre a la vez cómo os salvaréis vosotros y este suelo y no seré yo objeto de calumnia ante los ciudadanos. Porque no tengo yo una tiranía como sobre bárbaros; sino que si hago cosas justas, cosas justas me pasarán.