Tragedias griegas
Tragedias griegas CORIFEO.— ¡Oh anciano! Que no acuse yo, entonces, a esta ciudad. Pues quizá podrÃa sobrevenirnos el reproche, mentiroso pero, no obstante, dañoso, de que hemos traicionado a los extranjeros.
DEMOFONTE.— Noble es lo que has dicho, pero ineficaz. [465] Ese jefe no conduce hacia aquà su ejército para reclamarte a ti. Pues, ¿qué más le da a Euristeo que muera un anciano? Sino que quiere matar a éstos. Que para los enemigos es cosa terrible que crezcan como hijos de buena casta, jóvenes y con el recuerdo del ultraje contra su padre. [470] Todo lo cual es preciso que lo observe él. Mas si sabes alguna decisión más oportuna, prepárala, que yo estoy perplejo, tras oÃr los oráculos, y lleno de temor.
MACARIA.— Extranjeros, no atribuyáis ninguna osadÃa a mi salida. Esto es lo primero que os pido. [475] Pues para una mujer lo más hermoso es, junto al silencio, el ser prudente y permanecer tranquila dentro de casa. Al haber escuchado tus gemidos he salido, Yolao, no porque se me haya encargado hacer de embajadora de mi estirpe. [480] Pero, realmente, soy, de alguna manera, adecuada; me preocupo, la que más, por mis hermanos y quiero informarme sobre ellos y sobre mà misma por si alguna pena, añadida a las desgracias de antes, muerde tu corazón.