Tragedias griegas
Tragedias griegas LA ESCLAVA.— Señora, en verdad que no temo darte este nombre, ya que te juzgaba digna de él en tu morada, cuando habitábamos la tierra de Troya. Yo estaba dedicada a ti y a tu esposo, vivo entonces. [60] Ahora vengo a anunciarte algunas noticias, temiendo, por cierto, que me descubra uno de nuestros amos, pero compadecida de ti. Porque Menelao y su hija urden en contra tuya designios que debes temer.
ANDRÓMACA.— ¡Oh queridÃsima compañera de servidumbre! porque eres esclava como la que fue reina en otro tiempo y es desdichada ahora, ¿qué hacen? ¿Qué emboscadas preparan los que quieren matarme a mÃ, que tan desventurada soy?
LA ESCLAVA.— ¡Oh lamentable! quieren matar a tu hijo, a quien has sacado en secreto de la morada,
ANDRÓMACA.— [70] ¡Ay de mÃ! ¿Han descubierto a mi hijo, a quien yo tenÃa alejado[269]? ¿Cómo es posible? ¡Desgraciada de mÃ, que me muero!
LA ESCLAVA.— No lo sé; pero me he enterado por ellos mismos: Menelao ha salido de la morada en busca de tu hijo.
ANDRÓMACA.— ¡Me muero, entonces! ¡Oh hijo, te matarán esos dos buitres, si te cogen! ¡Y aquel a quien llamas padre se retrasa en Pito aún!
LA ESCLAVA.— Efectivamente, creo que, de estar presente él, no serÃas desdichada hasta ese punto; pero ahora te ves privada de amigos.