Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HERMIONE.— A mi padre, y no a mi, incumbe disponer de mí; pero llévame de estas moradas por lo pronto, [990] no vaya a ser que mi marido lo prevenga a su vuelta, o que Peleo me persiga con jinetes al saber que dejo la morada de su hijo.

ORESTES.— No te asustes de la mano de un anciano, y no temas nada del hijo de Akileo después de los ultrajes que me infirió. Esta mano le ha tendido emboscadas de muerte y redes inevitables. No lo diré de antemano; pero ya lo sabrá la roca délfica cuando se lleve a cabo. El matricida[302] le enseñará que los juramentos de mis aliados [1000] se han mantenido firmes en la tierra pítica, y que no debía casarse con la que me estaba prometida. Será su perdición el castigo de la muerte de su padre, que ha pedido él al rey Febo, y su cambio de pensamiento de nada le servirá con el Dios que va a castigarle, sino que, a causa de ello y de sus acusaciones contra mí, perecerá miserablemente. Ya sabrá hasta dónde llega mi odio, porque el Demonio trueca el destino de los hombres enemigos y no les permite el orgullo.

EL CORO.—




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