Tragedias griegas

Tragedias griegas

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La sociedad ateniense en que se desarrolló la vida y la formación intelectual de Eurípides aparece dominada por el signo de la complejidad y de la tensión. Asistimos a una pugna entre una sociedad coherente y estable, basada en la democracia religiosa exaltada por Esquilo, y el progresivo auge de un racionalismo ilustrado que someterá a revisión los valores tradicionales en que la comunidad se apoya. La victoria de este enfrentamiento se iría decantado progresivamente del lado racionalista, que contaba indudablemente con un aliado muy estimable: el influjo desintegrador que originó la guerra del Peloponeso. Como consecuencia de todo ello, los atenienses empezaron a perder confianza en el ideal comunitario que había nutrido sus vidas e impulsos durante muchos años. Esta circunstancia capital propiciaría la descomposición de la sociedad, incapaz de resistir los embates de un individualismo creciente, fruto de una nueva cultura burguesa y progresista, abierta a las nuevas corrientes de ideología ilustrada. Se trata, pues, en última instancia, de una crisis generacional entre dos modos contrapuestos de concebir la vida: uno antiguo, que se asienta en la moderación y el respeto a toda una serie de normas tradicionales, y otro nuevo, que mira hacia el futuro y somete a una crítica despiadada el acervo cultural e ideológico heredado de los antepasados. Como ha visto muy bien Jaeger: «La vida de Atenas de aquellos tiempos se desarrolla en medio de la multitud contradictoria de las más distintas fuerzas históricas y creadoras. La fuerza de la tradición, enraizada en las instituciones del estado, del culto y del derecho, se hallaba, por primera vez, ante un impulso que con inaudita fuerza trataba de llevar la libertad a los individuos de todas las clases, mediante la educación y la ilustración».


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