Tragedias I
Tragedias I CREONTE. —Dices cosas dulces de oÃr, pero temo que dentro de tu mente maquines contra mà algún mal y ahora confÃo en ti menos que antes, pues de una mujer de ánimo irritado, lo mismo que de un hombre, 320 es más fácil guardarse que de un sabio silencioso. ¡Vete lo más rápido que puedas y no hables más! Asà se ha decidido y ningún artificio te valdrá para quedarte entre nosotros, ya que eres enemiga nuestra.
MEDEA. —(Abrazándose a sus rodillas en señal de súplica). ¡No, te lo suplico por tus rodillas y por tu hija recién casada!
325 CREONTE. —Gastas palabras. No lograrás convencerme nunca.
MEDEA. —¿Vas a echarme sin tener en consideración mis súplicas?
CREONTE. —No te quiero a ti más que a mi casa.
MEDEA. —¡Oh patria, cómo me embarga tu recuerdo!
CREONTE. —Fuera de mis hijos, nadie hay más querido para mÃ.
MEDEA. —¡Ay, ay, qué gran mal son los amores 330 para los mortales!
CREONTE. —Depende, creo, de cómo se presenten las circunstancias.
MEDEA. —¡Zeus, ojalá no te pase desapercibido el culpable de estas desgracias!