Tragedias I
Tragedias I CORIFEO. —¡Oh anciano! Que no acuse yo, entonces, a esta ciudad. Pues quizá podrÃa sobrevenimos el reproche, mentiroso pero, no obstante, dañoso, de que hemos traicionado a los extranjeros.
DEMOFONTE. —Noble es lo que has dicho, pero ineficaz. Ese jefe no conduce hacia aquà su ejército para reclamarte 465 a ti. Pues, ¿qué más le da a Euristeo que muera un anciano? Sino que quiere matar a éstos. Que para los enemigos es cosa terrible que crezcan como hijos de buena casta, jóvenes y con el recuerdo del ultraje contra su padre. Todo lo cual es preciso que lo observe 470 él. Mas si sabes alguna decisión más oportuna, prepárala, que yo estoy perplejo, tras oÃr los oráculos, y lleno de temor.
MACARIA. —Extranjeros, no atribuyáis ninguna osadÃa a mi salida. Esto es lo primero que os pido. Pues 475 para una mujer lo más hermoso es, junto al silencio, el ser prudente y permanecer tranquila dentro de casa. Al haber escuchado tus gemidos he salido, Yolao, no porque se me haya encargado hacer de embajadora de mi estirpe. Pero, realmente, soy, de alguna manera, 480 adecuada; me preocupo, la que más, por mis hermanos y quiero informarme sobre ellos y sobre mà misma por si alguna pena, añadida a las desgracias de antes, muerde tu corazón.