Tragedias I
Tragedias I SERVIDOR. —Un sirviente de Hilo. ¿No me reconoces al verme?
640 YOLAO. —¡Oh queridÃsimo! ¿Has venido entonces como liberador de nuestra desgracia?
SERVIDOR. —Precisamente, y, además, tienes buena suerte en lo de ahora.
YOLAO. —¡Oh madre de un hijo noble, a Alcmena me refiero, sal! Escucha estas queridÃsimas palabras, pues, sufriendo desde ha tiempo por los que ya llegan, consumÃas tu alma con la ansiedad de este regreso. 645
ALCMENA. —¿Qué pasa? Todo este edificio se ha llenado de griterÃo, Yolao. ¿Es que algún heraldo, procedente de Argos, te fuerza con su presencia? Débil es mi fuerza, al menos, pero sólo una cosa es preciso que sepas, extranjero: que no es posible que te lleves 650 jamás a éstos mientras yo viva. Entonces, sÃ, dejarÃa que no se me considerase ya madre de Heracles. Si tocas a éstos con tu mano, lucharás contra dos viejos, no de manera gloriosa.
YOLAO. —Animo, anciana, no temas. No ha llegado un heraldo desde Argos con palabras enemigas. 655
ALCMENA. —Pues, ¿por qué diste un grito mensajero de temor?
YOLAO. —Por ti, para que te acercaras delante de este templo.
ALCMENA. —Yo no sabÃa eso. ¿Quién es, entonces, éste?